Me acomodé a ser la
silueta resignada.
La que no cuestiona ni
duda de las frases que salen por tu boca rugosa
La que cede, la que
acepta tus abrazos a escondidas, tu beso insensible, pasajero.
Lo que queda de tu
tiempo, caricias y las sobras de la cena.
Me amolde a ti con mi
sonrisa, mi corazón y el tormento que forjaba mis mañanas
Noches y madrugadas.
Es que tus besos ya no
deletreaban mi nombre
Y tus ojos, ya no me
hablaban de amor
Sofocando el amor que una vez creció
Entre tanta tierra fértil, maduró la maleza.
Pero tampoco advertiste, cariño, tú, ese de mis veintitantos.
Que, descuidando al amor, se muere éste también de frío,
Alimentándolo con promesas, se mata lentamente de hambre
Y dándole de beber de tus manos, se seca este de toda su sed.
Con las fuerzas que le van quedando, se arrastra con sus heridas al descubierto
y con tus ojos dormidos...
A lo lejos, en el atardecer, se despide con un beso.
Lo enterramos así, -en el atardecer- para el olvido.
Y en mi último intento de decirte,
Por favor, amor, no te quedes conmigo...
