domingo, 20 de septiembre de 2020

Me acomodé a ser la silueta resignada. 

La que no cuestiona ni duda de las frases que salen por tu boca rugosa

La que cede, la que acepta tus abrazos a escondidas, tu beso insensible, pasajero. 

Lo que queda de tu tiempo, caricias y las sobras de la cena.

 

Me amolde a ti con mi sonrisa, mi corazón y el tormento que forjaba mis mañanas
Noches y madrugadas.

Es que tus besos ya no deletreaban mi nombre

Y tus ojos, ya no me hablaban de amor


Sofocando el amor que una vez creció 
Entre tanta tierra fértil, maduró la maleza.


Pero tampoco advertiste, cariño, tú, ese de mis veintitantos.
Que, descuidando al amor, se muere éste también de frío,
Alimentándolo con promesas, se mata lentamente de hambre
Y dándole de beber de tus manos, se seca este de toda su sed.


Con las fuerzas que le van quedando, se arrastra con sus heridas al descubierto y con tus ojos dormidos...
A lo lejos, en el atardecer, se despide con un beso.
Lo enterramos así, -en el atardecer- para el olvido.
Y en mi último intento de decirte, 
Por favor, amor, no te quedes conmigo...